El futuro digital del libro.

(Conferencia pronunciada en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo)

     En mi intervención, que he ajustado a unos 50 minutos,  intentaré dar un repaso a los impactos previsibles de las tecnologías de información y comunicaciones en la industria editorial, sobre la base de que la audiencia media se sitúa a mitad de camino entre lo tecno-rústico y lo tecnocultivado. Sería temerario por mi parte, asumir que todos Vds. son tecnocultivados y resulta imposible disponer del tiempo suficiente para referirme a los contenidos ignotos a los tecno-rústicos. He construido mi intervención, mínimamente provocadora, pensando más en los de letras que en los de ciencias.

     Naturalmente soy lector de libros, aunque me acuso de ser mejor comprador que lector. Es decir compro libros con el ansia de leerlos, con independencia de que no siempre puedo hacerlo. Tengo un almacén de unos 20.000 libros también tengo una pequeña biblioteca, de unos 5.000 volúmenes  De estos, 2.000, son una biblioteca en sentido estricto, catalogados con cinco fichas de materias por cada volumen. Los 3.000 restantes los tengo mentalmente catalogados y ubicados, es decir sé donde están, por lo que casi son una biblioteca. De los 25.000 libros que poseo, los que habré leído no llegan a unos 2.000 ( menos del  8 %). La eficiencia de mi inversión en libros no me honra - precisamente - como economista. 

    Me han regalado muchos libros, me los siguen regalando, pero leo, predominantemente, los que yo elijo y compro. Soy lector especializado. Poca literatura, básicamente ciencias sociales, y nuevas tecnologías de la información  que sigo de forma permanente, rehuyendo las utópicas y reteniendo las que ya están disponibles, que adquiero y uso (me refiero a las tecnologías). Pero no practico ningún tipo de beatería tecnológica. En este sentido me ayuda el escepticismo genético de los gallegos.

    Me gustan los libros. Los cuido. No me gustan las personas que los maltratan. No me gustan las que los roturan con bolígrafo. Yo nunca los subrayo. Siempre leo con una ficha en la que anoto; nunca en el propio libro. Como sigo, y seguiré comprando libros, debo confesarles que, por primera vez, me he tenido que deshacer de algunos. No había experimentado nunca la sensación de mala conciencia que produce hacerlo. No les recomiendo la experiencia.

    También he escrito algunos. Con moderación, pero con cierto éxito, no esperado. El primero de ellos con cinco ediciones. No autoricé al editor a hacer la sexta. Lo mismo hice con el que sería libro de texto de la asignatura de la que soy catedrático (al agotarse la primera edición, no quise reeditarlo, consciente de que mis aportaciones no iban, precisamente, a revolucionar la disciplina). Siempre me ha dado cierto pudor contribuir a ese caudaloso río de letra impresa que nos inunda a los españoles. Más de 50.000 títulos anuales

    A la vista de estas referencias personales, espero no resultarles demasiado sospechoso. Incluso tengo amigos que son prestigiosos editores, de los que he aprendido muchas cosas.

    ¿Que nos está pasando ? Nos ocuparemos ahora de ello. Pero quiero destacar, ante todo, que lo que nos está pasando, está sucediendo a un ritmo vertiginoso. Hace un lustro nadie había oído hablar del hipertexto. En 1994 Internet era un concepto que solo conocían los pioneros del correo electrónico. A mediados de 1994 la World Wide Web - la telaraña mundial -(en adelante nos referiremos a la Web), todavía era un neologismo impronunciable. Pero en tan solo dos años se crearon casi 100.000 servidores multimedia y se han distribuido millones de copias de navegadores como el Mosaic o el Netscape.

    ¿Hasta que punto la velocidad y la multiperspectiva propias de la escritura electrónica no nos hacen ganar mucho más que lo que sus críticos señalan que estamos condenados a perder? Críticos que crean antiobjetos (formas devaluadas del objeto, para facilitar su crítica) procediendo a un tipo de crítica principista y genérica, desde el desconocimiento de las herramientas, software y hardware, que se inventan y rediseñan sin cesar. Escritores ilustres (estoy pensando en alguno español) que intrépidamente se refieren de forma peyorativa a las novelas de ordenador, mientras siguen aferrados a un artilugio tan ruidoso, tosco, falto de romanticismo y poco funcional, como es una vieja máquina de escribir mecánica

    Debemos añadir, al ritmo vertiginoso y a la crítica inconsistente, el panorama de los digital homeless (los sin hogar digital), en expresión afortunada del gurú de moda NN, director del Media Lab del MIT. Sin hogar digital, aquellos que, por prisas o por falta de tiempo, de información o de curiosidad intelectual, no han reparado en las nuevas posibilidades de comunicación; y que son todavía legión, por lo que la sociedad se encuentra bajo el control de analfabetos digitales. Negroponte, que habla del futuro, como si ya hubiera estado allí, advierte que una gran mayoría de las personas que hoy dirigen las empresas y los gobiernos no entienden para nada el mundo digital. Propone, también, que los niños enseñen a sus padres, desde el uso del correo electrónico y la transmisión de archivos, a la navegación por la Net. Un mundo al revés: Dirigentes analfabetos y niños que enseñan a sus padres. 

    EL SOFTWARE 

    La Web es el más ambicioso proyecto de presentación y catalogación de información en línea basado en que un documento, en lugar de estar organizado linealmente, lo está como un conjunto de objetos multimedia, cada uno de los cuales remite a otros objetos relevantes. El usuario siguiendo los eslabones de esa cadena puede explorar el hiperespacio, no siendo consciente de la localización geográfica de cada uno de los eslabones ya, que de hecho, puede estar saltando de un país a otro.

    En esto consiste el hipertex-to, un lenguaje de definición de página interactivo que permite establecer vínculos con otros documentos que no tienen que estar en el ordenador del usuario. Al activar esos vínculos (palabras o frases subrayadas o iluminadas) nos trasladamos a otra parte del documento o a otro documento remoto. Esto resulta casi mágico para los usuarios que no son capaces de formar cuatro triángulos con seis cerillas y que son la inmensa mayoría de vds.

    De la centenaria noción de espacio hiperbólico (con más dimensiones de las que estamos acostumbrados, altura, anchura, profundidad y tiempo) debida al mate-mático alemán Félix Klein, se toma el concepto de hiperespacio aplicado al texto: El hipertexto, como expansión multidimensional de los conceptos implícitos en un escrito. Cuando leemos un documento, normalmente lo hacemos en forma secuencial. Tradicionalmente la información se ha producido y transmitido secuencial-mente debido a los requerimientos impuestos por las sucesivas tecnologías utilizadas, desde la piedra al papel.

    El texto impreso ha venido organizando la información de forma lineal o jerárquica, diferente de la forma relacional basada en relaciones estable-cidas entre distintas partes de la información. En el hipertexto palabras, frases o documentos, en toda su extensión, se asocian con información del mismo o de otros documentos a través de los adecuados enlaces, salvando así las limitaciones impuestas por la naturaleza lineal del texto impreso.

    Las aplicaciones del hipertexto son especialmente útiles en aquellos documen-tos cuya lectura no es secuencial. Las obras de referencia, como las enciclopedias, ya evitan el penoso deambular por las referencias cruzadas. Me viene a la memoria mi sugerencia, a los editores de la venerable Enciclopedia Espasa -hace ya muchos años, cuando tenía responsabilidad administrativa en el mundo del libro, de elaborar un índice de términos que indicara los tomos (normalmente varios) en que se encontra-ban. El manejo del Espasa sigue requiriendo un esfuerzo material notable. Las enci-clopedias hipermedia de hoy, al consultar la biografía de un político, permiten verlo y oírlo pronunciando un discurso. 

    El primero diccionario de economía publicado en España - ha pasado un cuarto de siglo - lo concebí siendo estudiante en la Facultad, donde sentí agudamente la necesi-dad continua de consulta de otras fuentes de información, mientras que estudiaba una asignatura determinada. Los libros de texto serán otra de las aplicaciones que podrán utilizar el hipertexto con grandes ventajas; así como la información gráfica y especialmente los mapas. 

    Informática móvil

    Las herramientas físicas que hacen posible la nueva vida del libro son el ordenador portátil y su conexión a la Net que nos devuelve la palabra, a través de la pantalla electrónica, sin sus ataduras tradicionales de renglones y páginas. La pantalla no es una página. Es un espacio de tiempo en el que quedan momentáneamente suspendidas las palabras. Que no se desvanecen cuando dejamos de verlas. Si nos hacemos la pregunta de un personaje de Fellini: ¿Adonde va la música cuando deja de sonar? En el caso de las palabras, estas vuelven por la red  a los interminables surcos de un disco.

    La base principal del desarrollo del ordenador portátil  es la tecnología de las pantallas electrónicas que han venido siendo fundamentales en la presentación de información, desde la TV doméstica a la industria del ordena-dor, donde todavía proliferan los tradicionales tubos de rayos catódicos  cuya tecnología no ha podido ser utilizada para obtener un mayor grado de portabilidad. Los avances, en este campo, han discurrido por la transición del monocromo al color, recorriendo una amplia gama de tecnologías de las que el cristal líquido es la actualmente predominante con posibilidades de futuros perfeccionamientos. 

    La pantalla ideal debe ofrecer imágenes brillantes, agudo contraste y alta los colores del arco iris. Las pantallas planas, actualmente en desarrollo, son de reducido volumen, poco peso y bajo consumo de energía. Algunas sirven para escribir sobre ellas, como si de papel se tratara. Podrán ser colgadas en la pared, como un cuadro y,  en otros casos, podrán ser llevadas con uno, como un reloj. Este tipo de pantallas dará lugar a una nueva gama de productos que podrán ser utilizados, personal y permanentemente, por el usuario para acceder a cualquier tipo de información en cualquier lugar y en cualquier momento.

    Serán pantallas de tres milímetros de grosor, que podrán doblarse en cuatro, para guardarlas en un bolsillo, serán waterproof y para, los nostálgicos de los olores, podrán oler a papel, si así lo deseamos, o a cualquier otro aroma. Creo que ha sido Imelda Navajo  quién ha señalado que "nada puede sustituir en la vida el olor sensual de un libro".  Pues bien, un equipo de la Universidad de Manchester ya ha puesto a punto una nariz electrónica capaz de identificar más de 30.000 olores diferentes. Los elementos semiconductores son sensibles, en función de su estructura química, a las moléculas de olor. Por lo que ya es posible enviar olores perfectamente particularizados a través de Internet.

    Ahora mismo ya tenemos ejemplos que nos dan una idea de por donde van a ir los desarrollos. Este aparatito, se llama Pilot , puede almacenar hasta 15.000 anotaciones (direcciones o mensajes breves) que carga directamente de un ordenador. O este reloj (Timex) que no destaca por su belleza, pero que almacena cientos de anotaciones que se cargan directamente de un ordenador, tan solo con ponerlo enfrente de la pantalla. 

    Un obstáculo a salvar es la duración de las baterías, cuya tecnología ha avanzado notablemente en los últimos años persiguiendo un objetivo que ya se ha convertido en un tópico: Duración superior a la de un vuelo transatlántico. Se asume, así, la hipótesis de que todos los usuarios de un ordenador portátil se suben con él a un vuelo trasatlántico y, además, se pasan las ocho o diez horas correspondientes trabajando de forma febril e ininterrumpida. La hipótesis de trabajo parece un poco exagerada. En todo caso, los avances en la tecnología de las baterías ya permiten esa poco inteligente posibilidad gracias, paradójicamente, a las llamadas baterías inteli-gentes que incorporan microcontroladores integrados que monitorizan y comunican información instantánea sobre su estado. 

    La tecnología se sigue desarrollando, por lo que, junto a más eficientes fuentes de energía, pronto se lograrán pantallas con  mayores resoluciones y menor peso y consumo, lo que las situará en competencia directa con el papel, ya que responderán al toque de un lápiz electrónico. Se avanzará, de esta manera, además de en la mayor facilidad de uso de la interfaz con el ordenador (ya no serían necesa-rios los teclados), en la mitigación de un grave problema padecido a escala mundial: La deforestación. ¡Bienvenida sea la generalización de las nuevas pantallas si, además de hacer más fácil el uso del ordenador, nos ayudan a mitigar la catástrofe medioam-biental ¡.

    ¿Menos papel?

    El papel, inventado por los chinos en torno al año 100 a.C., no se utilizaría para escribir hasta 200 años después. Entre tanto su uso se limitó a la envoltura de objetos frágiles y como papel higiénico, pues en este fundamental uso fueron pioneros los chinos. Hoy el papel que, como soporte de comunicación solo puede almacenar textos e imágenes, es un competidor en progresiva desventaja con el vídeo y el audio de la actual hipermedia.

    Si una simple imagen vale por mil palabras, tendremos que convenir que la hipermedia valga por varios miles. Pero todavía el papel sigue siendo, a pesar de sus inconvenientes,  el soporte de comunicación utilizado más habitualmente en la empresa y la cultura y, curiosamente, reproducido innecesariamente, en numerosas ocasiones, por inventos modernos como la fotocopiadora o las impresoras conectadas a los ordenadores.

    Se da la paradoja que la mayor facilidad para manipular, guardar y reproducir información del ordenador, es parcial y abusivamente utilizada en la tercera posibilidad: la de reproducir, cabe añadir, innecesariamente. Es así como, por un problema cultural (el no recto entendimiento y uso de las posibilidades de la tecnología) se está contribuyendo, esperemos que de forma provisional, a un mayor consumo de papel y, por tanto, de deforestación.

    Recordemos que cada segundo que pasa se destruye, en todo el mundo, una hectárea de bosque, el equivalente a un campo de fútbol. Este ritmo de destrucción es tal que, cada año, se pierde una superficie como la de un país como Bélgica, ritmo al que no quedarán selvas tropicales el próximo siglo. Pensemos que la producción de un libro de 500 páginas, con una tirada de 10.000 ejemplares, requiere casi veinte toneladas de papel, el equivalente aproximado a 300 árboles.

    El principal problema que el papel presenta como soporte de información, aparte del de su consumo, es el de la difícil accesibilidad de la información que contiene. No debemos confundir el síntoma con la enfermedad: El síntoma es la exagerada cantidad de papel que consumimos, pero la enfermedad es que no somos capaces de manejar y acceder a la información que contiene la masa de papel que nos desborda.

    Además el papel es incómodo y caro. Pensemos en el peso y volumen de algunas obras de referencia como las enciclopedias. Nuestro venerable Espasa que requiere un notable esfuerzo físico para manejar los varios tomos que normalmente necesitamos consultar para un solo término. Olvidémonos del riesgo físico de caída y consiguiente fractura o luxación desde el escaño o escalerilla necesaria para acceder en altura a cualquiera de los más de sus cien tomos.

    Pero no nos olvidemos, porque es una desventaja del papel menos aparente, de lo que nos cuesta. El papel es caro de adquirir y más caro de guardar, porque este es un coste recurrente. Invito al poseedor urbano de una biblioteca de varios miles de volúmenes a que calcule el coste de almacenamiento teniendo en cuenta el espacio utilizado por los libros y su precio de mercado o de alquiler. No debe olvidar tampoco el coste notable de desempolvamien-to periódico. Una buena referencia sobre este la puede dar cualquier ama de casa.

    Nada, salvo nuestro provisional mal uso de la tecnología, avala la futura persistencia del papel como soporte principal de información. Esto no quiere decir que el papel vaya a desaparecer. Nos convertiremos en una sociedad "despapelada" como nos hemos convertido en una sociedad "descabal-gada"; los caballos todavía se ven pero solo los montan las niñas pequeñas y unos cuantos aficionados. Llegaremos a prescindir del papel como soporte de la información, e incluso, de la pionera utilización escatológica de los antiguos chinos, gracias a los avances de la tecnología de los aparatos sanitarios-   ¿Que futuro tiene el libro?.

    Vayamos, primero, a lo obvio: tendremos que reconocer que el libro no es un concepto unívoco (salvo para algunos libreros: una unidad que se vende). El libro  no es una clase unívoca. Los libros no son todos iguales y el hecho de ser libro, no constituye absolutamente ningún carácter importante o esencial. El libro es el objeto con el que leemos el producto de la tecnología de la imprenta. En nuestra cultura, la palabra libro puede designar tres entidades muy distintas: el objeto en si, el texto y la manifestación de una tecnología dada.

    Las razones actuales  a favor del libro pueden  resumirse en dos: La primera es que la actual interfaz (el ordenador en su configuración actual) es bastante primitiva o, como mínimo, tosca,  lo que la hace muy poco apta para, como sustituta del libro, acurrucarse con ella en la cama. La segunda razón es que el arsenal multimedia deja poco espacio a la imaginación. Mientras que una película saturando la vista, limita la mente, las palabras escritas provocan imágenes y evocan metáforas que toman mucho de su significado en la imaginación y experiencias del lector al que arrancan del mundo inmediato, como le ocurría a Alonso Quijano. Cuando leemos recorremos el tiempo y el espacio para hacerlos nuestros  y aunque como lectores ocupamos el lugar del receptor del mensaje del autor, no es la lectura un fenómeno pasivo.

    Pero cada vez será más fácil competir con el libro. Es cierto que el libro tiene una pantalla de alta resolución, es ligero, fácil de hojear y no demasiado caro. Pero llegar al lector requiere el uso de la distribución y almacenaje. En el caso de los libros de texto  el 50% de su coste es distribución, almacenaje y devoluciones. Además pueden agotarse. Los libros digitales siempre están ahí. Llamar libro electrónico al cachivache con el que leemos hipertexto, sería erróneo. Pero como el lenguaje es perezoso, seguiremos hablando del libro electrónico hasta que inventemos y adoptemos el adecuado  neologismo sustitutivo como lo hemos hecho yendo desde caminos de hierro a ferrocarril y tren. Dejemos de pensar en el cachivache con que se lee, y pensemos en una entrada, una puerta mágica al hiperdocumento.

    Tendrá lugar un cambio editorial de gran transcendencia al superarse la contraposición  profundidad/ amplitud, lo que permitirá al lector moverse con entera libertad y facilidad entre lo general y lo específico. Dejaremos, como lectores, de estar confinados al espacio en tres dimen-siones ya que la expresión de una idea podrá incluir una red de indicadores a posterio-res elaboraciones o argumentos que podrán ser invocados o ignorados. En esto consiste, el hipertexto. El medio ya no es el mensaje en el mundo digital. El mensaje puede corporeizarse de diversas formas a partir de la misma información.

    La hipermedia permite que, si no entiendo algo a la primera vez, solicitar al ordenador que me lo presente en forma de esquema o gráfico en tres dimensiones. La multimedia incluye, desde películas que se explican asimismo con texto, a libros que se leen ellos mismos con suave voz mientras que nos quedamos dormidos. Supone cambiar de una dimensión a otra, sofisticar rudimentarias acciones multimedia que hace tiempo nos resultan familiares, como el discurso (dimensión acústica) que se traslada a su versión escrita (dimensión texto) que incluye la puntuación como remedo de la entonación original. O el guión de una obra de teatro que incluye anotaciones de escena como indicaciones de una determinada entonación.

    Con los bits escribimos, no solo textos y conceptos, sino también imágenes y sonidos. Es un tipo de escritura, la digital, que hace realidad el sueño de Leibnitz, cuando, en una carta escrita al duque de Hannover en 1679, para interesarle en la financiación de su proyecto, le hablaba de un sistema de escritura que "pintase los pensamientos".

    Los editores de libros tendrán que acomodarse tomando posiciones en la edición digital. Algunos de ellos, como los que tengan su actividad centrada en la edición de obras de referencia, como las enciclopedias, han de cambiar radicalmente sus culturas o salirse de la actividad que, cada vez en mayor medida, abandonará el soporte papel. En este sentido es enormemente ilustrativo el ejemplo de la más famosa enciclopedia del mundo, la Enciclopedia Británica.

    227 años después de éxito creciente e ininterrumpido, la EB ha cerrado más de las dos terceras partes de sus oficinas de ventas y comenzado a despedir empleados. La cultura tecnófoba de la empresa, a pesar de la marca de calidad de su producto, llevó a la EB a vender, en 1994, tan solo el 43% (51.000 enciclopedias), de la cifra de 1990 (117.000 enciclopedias). Sus treinta y dos volúmenes se vendían al precio de 1.500$ (casi doscientas mil pesetas) en competencia - bien es cierto que con enciclopedias de menor calidad - en CD-ROM que, aparte de ofrecer imágenes y sonido, se vendían por 60$ (menos de ocho mil pesetas) en unos casos, o se regala-ban, con la compra de un ordenador, en otros.

    Este revés empresarial ha provocado cambios drásticos en la dirección de la EB que ha decidido la doble conversión de sus 66.000 artículos con 44 millones de palabras al CD-ROM y a la WEB.   De lo peligroso que puede ser una des-fasada cultura de ventas es una muestra, pero creo que significativa, mi experiencia personal que tiene que corresponderse con la de otros muchos que, como yo, hubieran telefoneado al número contenido en un anuncio de promoción de la edición de la EB en formato CD-ROM, aparecido en un diario nacional de máxima circulación. La señorita que me atendió para proporcionar-me información -como señalaba el anuncio de prensa- me preguntó mi nombre, que le di; a continuación mi dirección y teléfono, que también le di; después mi DNI que ya, un poco mosqueado, me negué a darle, señalándole que llamaba para obtener información no para proporcionarla. Contestación de la señorita "informadora": Lo siento, pero si no me da todos sus datos no puedo darle ninguna información. Le colgué el teléfono.

    No es de extrañar que, con genios del marketing como el que haya diseñado la campaña de introducción en España, la EB, haya pasado por la convulsa situación a que nos hemos referido.

    Por cierto, Encarta, la enciclopedia en CD-ROM que MicroSoft lanza en 1993 se ha convertido en un best-seller. Es la enciclopedia más vendida, en todos los tiempos,  que la de cualquier otro tipo, ya sea en papel o en CD-ROM.

    La llegada de la EB a la Net y más concretamente a la WEB, supone un esfuerzo de actualización tecnológica que permitirá consultar la enciclopedia a través de una poderosa herramienta de software: expertos o algoritmos que califican cada artículo dentro de una escala de puntuación que los señalan como más o menos encajados con las palabras utilizadas en el perfil de búsqueda de un término. La versión en línea de la EB a través de la WEB pretende adoptar un sistema de cobro consistente en cargar un dólar anual  por cada alumno matriculado en cada una de las universidades conectadas al servicio. Esta tarifa permitiría efectuar todas cuantas consultas requieran todos los alumnos a lo largo del año.

    La EB que ya está en la Net, permite su utilización gratuita durante una semana y permanentemente por una suscripción anual de 120 $. Con libre acceso a todas las potentes herramientas de búsqueda y un texto permanentemente actualizado. Panorama bien distinto al de mi penoso y personal episodio madrileño.

    Parece evidente que, con los nuevos tiempos, a los editores de enciclopedias no les compensará la producción en papel del escaso número que, sin duda, seguirían adquiriendo aquellos consumidores preocupados por la "distinción" socio-cultural que supone aparcar una gran enciclopedia en los estantes de las librerías de sus casas. Para este tipo de consumidores se acabará creando un nuevo mercado de antigüeda-des en que se cotizarán las viejas enciclopedias como nuevos motivos de colección para su exhibición doméstica y brillo social. Los editores de mañana dejarán de ser intermediarios en el comercio de papel y se concentrarán en la función de hacer llegar, a los lectores,  la producción intelectual de un autor a través de los mejores medios técnicos disponibles. 

    Tele-educación. 

    La enseñanza no ha cambiado demasiado a lo largo de los  siglos. Los profesores  siguen dando las clases, con sus ejemplos y sus preguntas, tal como ya lo venían haciendo los antiguos griegos en los primeros años de la moderna civilización. Las escuelas, y sus profesores, suelen ser núcleos de conservadurismo que hoy se ven conmocionados por realidades como que un profesor tenga alumnos que saben bastante más que él de ordenadores, lo que hoy es ya habitual.

    Los viejos canales de interactividad (profesor con el material docente y el entorno; alumno con el profesor, material docente y el entorno) pasan a ser potenciados de tal forma, que la educación ha de ser repensada y redefinida. Incluso la escuela o la universidad, como reductos físicos donde se imparte enseñanza, pasarán a ser aulas virtuales en las que el educando se beneficiará de la libertad que el uso de los ordenadores da a sus usuarios. Se aprenderá donde y cuando se desee y como sea más conveniente.

    La explosión del CD-ROM, la Net y el nuevo software que facilita las comunicaciones y la navegación por los servicios de información en línea, constituyen un nuevo arsenal de herramientas educativas que, tan solo, han empezado a dar sus primeros pasos. Será como bombear andrenalina en el mercado de educación. Este cambio irá acompañado -en los niveles de educación correspondiente a las edades del sentido común- de un mayor grado de responsabilidad de los propios estudiantes en su educación. Pero serán los profesores quienes les eviten caer en la trampa de la educación basura: Aquella en la que la representación de las ideas sustituya a las ideas mismas. La educación superficial, en lugar de enseñar a pensar por uno mismo. Se ha comparado este tipo de educación  con ser invitado a un gran restaurante para comer la carta, en lugar de la comida.

    Tendremos que diferenciar la carta de la comida y poder pasar de una a la otra. ¿O llegaremos a no leer ni la carta, contentándonos -y engañándonos- con que la carta esté ahí? El acceso instantáneo de los educandos a un cúmulo de información mundial podría alelarlos en lugar de iluminarlos. De ahí que el papel de los profesores tenga que seguir siendo fundamental en la guía, consejo y utilización de las masas de información crecientes que lo inundarán todo. 

    Hemos visto lo que me parece más obvio, vayamos ahora a lo menos obvio.

    El hipertexto tiene mucho en común con algunos de los principales planteamientos de las teorías literaria y semiológica. Sobre todo con el énfasis de Derrida en el descentrar y con la distinción de Barthes de texto de lector frente al de escritor.De hecho el hipertexto supone una encarnación literal de ambos conceptos.

    A la luz de la posibilidades actuales de la informática la, ya clásica, distinción de Barthes entre texto de lector y texto de escritor, coincide con la distinción entre el texto de imprenta y el hipertexto. Como Barthes, Foucault, y Bakhtin, Derrida utiliza constantemente términos como liaison, toile, rèseau o s?y tissent, nexo, trama, red, entretejer, que claman por la hipertextualidad, pero a diferencia de Barthes, que insiste en el texto de lector y su no linealidad, Derrida enfatiza la apertura textual, la intertextualidad y la improcedencia de la distinción entre lo interno y lo externo a un texto dado. Reconociendo que una nueva forma de texto más rica, más libre, más fiel a nuestra experiencia potencial, y tal vez a una experiencia potencial aún desconocida, depende de unidades discretas de lectura (unidades discretas, me refiero, evidentemente, a su significado cuantitativo de separadas).  Más que cualquier otro teórico, Derrida, se da cuenta de que el hipertexto va a erosionar el poder de la escritura lineal y del libro como paradigmas afines y culturalmente dominantes.

    Cualquier obra de literatura ofrece un ejemplo de hipertexto implícito. Cuando, en Ulises, en el episodio decimotercero, que comienza con esa admirable descripción del atardecer: la tarde de verano había empezado a estrechar al mundo en su misterioso abrazo, cuando Bloom contempla a Gerty McDowell en la playa, es patente que el texto de Joyce alude a otros textos o fenómenos que pueden tratarse como hipertextos. Los pasajes de las revistas femeninas que impregnan los pensamientos de Gerty, hechos acerca del Dublín de entonces y hasta el pasaje de Nausica en la Odisea o cualquier otra información relacionada con otros pasajes de la novela. Una presentación en hipertexto de la novela, conectaría este pasaje no solo con la clase de material que hemos mencionado, sino también con otras obras de Joyce, con comentarios, críticas y variantes textuales.

    En España ya se vende un CD-ROM que contiene las obras completas de Shakespeare; las Barron?s Study Notes, verdaderos libros que comentan exhaustivamente los aspectos externos e internos de la obra; un diccionario completo de inglés y tres estudios dedicados a la Inglaterra isabelina, el teatro de la época y la biografía de Shakespeare. Por supuesto podemos buscar por temas o títulos, intercalar nuestros comentarios, imprimir parte o la totalidad etc.. Todo esto por 3.500 pts. que cuesta el CD-ROM.

    El hipertexto permite hacer más explícito, aunque no necesariamente intruso, el material afín que el lector culto puede percibir alrededor de la obra. Imaginémonos presentaciones hipertextuales de libros en las que podamos disponer de todas las críticas y comentarios sobre la obra, que entonces pasará a existir como parte de un complejo diálogo, en lugar de ser la encarnación de una voz que habla continuamente. Ulises nos resultará a todos mucho menos críptico.

    Julián Marías, en una reciente 3ª de ABC, escribía que el libro tiene que ser transitable y que en el libro teórico, de pensamiento, es necesario volver atrás, releerlo, porque no se entiende de todo la primera página, hasta que se llega a la última; hay que tomar posesión de lo que solo se había vislumbrado (fin de la cita) Julián Marias está, no sé si inconscientemente,  echando en falta el hipertexto, en línea con Antonio Muñoz Molina que afirma que es el lector quién abrevia los libros, quién los prolonga en su imaginación, quién los corrige en su memoria o en su olvido y los escribe de nuevo en la relectura.(fin de la cita)

    ¿Porqué no podemos cambiar el final de una novela?. Nos recuerda Luis Goytosolo, con motivo de la aparición de su Mzungo, que el lector cuando termina una novela puede sentir lástima y deseos de remodelarla, y ahora puede hacerlo. Participará más. Surgirá un género nuevo de novela a partir del ordenador. (fin de la cita)

    En todos los sistemas de hipertexto el lector puede escoger su propio centro de investigación y experiencia. Lo que este principio significa en la práctica es que el lector no queda confinado dentro de ninguna organización o jerarquía. Frente al concepto de libro embudo, que constriñe nuestra curiosidad a sus propios términos, de forma permanentemente autocrática, pasaremos al concepto de libro ventana, que abre nuevos y plurales horizontes a nuestra imaginación, de forma cambiantemente democrática.

    El hipertexto acabará convirtiendo la publicación en una cuestión de acceso a la red. No tendremos la limitación de las 4.000 (o 5.600) librerías que tenemos en España. Pasarán a hacer su papel los 15 millones y medio de teléfonos que tenemos. Y este es el orden de magnitud del cambio cuantitativo, casi 4.000 veces más, de puntos de acceso al libro.

    Seguiremos dependiendo del libro, pero a medida que los lectores capten las ventajas del hipertexto, el libro, hoy tanto herramienta del erudito, como producto acabado suyo, irá perdiendo su papel preponderante en la literatura y la investigación humanística. Mario Vargas Llosa nos consolaba desde las páginas del País, señalando: Que el libro quede relegado a una actividad minoritaria y casi clandestina, en la sociedad futura, no es una perspectiva que deba desmoralizar a los amantes de la literatura, ya que nunca fue un género para las masas. (fin de la cita)  En efecto, ¿En que medida la cultura del libro (algo ignorado por sus panegirístas más acríticos) fue elitista, y egocéntrica?.

    A lo largo de la civilización humana, la vida, tanto en el plano social como individual, nos la ha venido cambiando la tecnología. La tecnología de la imprenta redefinió al público de la literatura al convertirlo de un pequeño grupo de oyentes o lectores de manuscritos, a un mucho mayor grupo de lectores que pasaron a comprar los libros para leerlos en la intimidad de sus casas, lo que fomentó un nuevo sentido de independencia por parte de muchos lectores que se convirtieron en autodidactas. Newton es un ejemplo que utilizó los libros adquiridos en ferias y librerías locales para estudiar matemáticas con, prácticamente, ninguna ayuda externa.

    La imprenta también hizo que la literatura resultara, por primera vez, objetivamente real y, por tanto, subjetivamente concebible como hecho universal. El hipertexto desplaza los límites entre un texto y otro, entre escritor y lector y entre profesor y estudiante. El libro impreso engendra ciertas nociones de propiedad y unicidad entre el escritor y el texto, que el hipertexto hace insostenibles, al anclar en la historia muchos de nuestros supuestos más difundidos que no son otra cosa que consecuencias de una tecnología dada y, en este, caso, superada y a punto de quedar obsoleta.

    No deberíamos sentirnos amenazados por el hipertexto más de lo que se sintieron amenazados los autores de romances y los escritores venecianos de tragedias en latín, por la Divina Comedia y su texto en italiano. El hipertexto, última extensión de la escritura, plantea muchas cuestiones y problemas acerca de la cultura, el poder y el individuo, pero no es más ni menos natural que cualquier otra forma de escritura, la más prodigiosa y a la vez la más destructiva de todas las tecnologías. 

    Y para los que de Vds, consideren que he formulado un alegato contra el libro, quiero terminar recordando unos versos de Rafael de Penagos, que ya me gustaría a mi haberlos escrito:

    Se reúnen aquí, quietos y en orden, congregando la paz en torno suyo. Mi casa es un espacio donde hay esto: la vertical nobleza de los libros, el sosiego dulcísimo que emanan en el silencio de la biblioteca. Soy huésped, por mis libros, de otra vida.                            Soy, por ellos, aquel que nunca he sido. 

            ¿Permanecerán, al menos, los poemas cobijados en el misterioso abrazo de los libros?   Creánme, a mi me gustaría.